La crisis de Túnez sitúa a la Costa de Sol frente a un nuevo efecto primavera árabe


Sale el sol. Con tono anaranjado, sin ánimo ofensivo, presente y retozón, aplanándose entre los toldos. La Semana Santa, aupada por una primavera rebosante, de sortilegios encendidos, ha vuelto a enderezar las expectativas turísticas, que en vísperas de la temporada alta, amenazan con dar un nuevo salto y situarse por encima, incluso, de las marcas del pasado curso. La temporada alta parece desplegarse esta vez cargada de optimismo, dispuesta a comerse los récords de 2014. Y apoyada en una serie de factores incontrolables que podrían redundar en un aumento del pronóstico, ya de por sí positivo.

Con las tendencias consolidadas, el sector, sensible a todo tipo de cambios, observa la inestabilidad social y política de la franja magrebí como el único factor con capacidad para trastornar las estadísticas. El regreso de la violencia a la zona, donde el pasado 9 de marzo fueron asesinadas 22 personas, algunas de ellas turistas, ha colocado cruelmente en el aire una bolsa de más de 3 millones de viajeros. Ingleses, alemanes, franceses. Todos, clientes habituales de Túnez y de Egipto, que, ahora, impulsados por el miedo, empiezan a reconsiderar su lugar de destino. Como ya ocurrió en 2011, los atentados y las revueltas dejan su rastro grave sobre la economía. En este caso, poniendo en circulación una masa adicional de contratos y agencias de viaje que podría dar al traste este verano con el reparto habitual del mapa turístico.
En la Costa del Sol ya se han comenzado a medir los efectos. El recelo de los turistas hacia Túnez, un país de enorme proyección, con atributos mediterráneos muy parecidos a los de la provincia, ha supuesto la entrada de nuevas visitas, provocando un incremento que el sector detesta en sus orígenes, pero que no oculta en cuanto a previsión de beneficio. «Lo primero es solidarizarse con las víctimas. Ojalá esto no ocurriera nunca y los turistas ganados fueran por otros motivos», señala Francisco Moro, vicepresidente de la patronal hotelera.

Aunque con menos fuerza que Canarias, la Costa del Sol fue en 2011 uno de los rincones del país en el que más se dejó notar la primavera árabe. Sobre todo, por la llegada imprevista de clientes que tenían programadas sus vacaciones en puntos como Egipto, el Líbano o Turquía. Fueron los llamados turistas prestados, que sirvieron para equilibrar las cuentas y pasar un paño caliente por las heridas económicas dejadas por las crisis. Gonzalo Fuentes, responsable turístico de CCOO, no descarta que el fenómeno se repita. Incluso, en las mismas cifras y volúmenes. «Es una calamidad, pero el turismo es extraordinariamente sensible a la seguridad. Y la caja de resonancia de un atentado suele ser amplia», razona.

En la carrera silenciosa por hacerse con los turistas de Túnez, la Costa del Sol parte con una ventaja que ni siquiera necesita publicidad añadida. Miguel Sánchez, responsable turístico de la Confederación de Empresarios de Andalucía (CEA), cree que, muestra de solidaridad mediante, la provincia reúne todos los requisitos potenciales para formar parte del desvío de clientes que ya comienza a marcar la realidad de los agentes de viajes. En primer lugar, por la experiencia de 2011, que hizo que muchos de los viajeros descubrieran de primera mano los reclamos del sur de España. Pero también por una serie de valores que en la industria turística valen su peso en oro. Entre ellos, la seguridad y el hecho de contar con una infraestructura madura y rodada, con capacidad de atender el giro imprevisto de los touropeadores sin apenas sobresaltos.

La llegada de los turistas no participa, en este sentido, del juego especulativo que suele servir de preludio al inicio de la temporada. Al desembarco de los primeros clientes, se añaden cifras tan sumamente penosas como contundentes. En los cuatro días posteriores a los atentados, Túnez sufrió la anulación de más de 3.000 reservas. Además, navieras de cruceros de renombre como MSC o Costa, apostaron súbitamente por suspender sus escalas y maniobrar con el timón hacia otra parte. Y el efecto amenaza con extenderse a los países colindantes.
A diferencia de 2011, la provincia se enfrenta ahora a una competencia más acorde. El cliente que suele viajar a Egipto, señalan los especialistas, no es el mismo que el que se está viendo afectado en estos días por el retorno de la violencia a la zona árabe. En aquellos meses, muchos turistas, aterrorizados por las revueltas, decidieron cambiar las visitas a El Cairo por las costas meridionales, pero también hubo otros, si no la mayoría, que optó por fórmulas de perfil más definido y cultural como el sur de Italia. Esta vez, al menos en teoría, se trata de un tipo de viajero más arraigado en sus motivaciones de sol y playa.

Sobre las repercusiones en la provincia del aterrizaje de los nuevos clientes, los agentes del sector parecen no tener dudas. La suma, en este caso, tampoco es relativa. Y amplía las perspectivas con lógica aplastante. La llegada de más turistas incrementa el margen del crecimiento acotado por las administraciones, que en sus cálculos iniciales, ya apuntaban a una subida respecto al pasado año. Teniendo en cuenta los espectaculares números de 2014, eso supone dar un nuevo brinco histórico. Al menos, en lo que se refiere a turistas internacionales.

A la hora de aquilatar los efectos de la estampida en la zona árabe, Gonzalo Fuentes pone también el acento en un aspecto que suele pasar desapercibido. La inestabilidad de competidores como Túnez no sólo presume un plus de crecimiento en clientes foráneos -británicos y alemanes, principalmente-, sino que reconduce el tráfico español. El entorno de Egipto suele ser uno de los destinos predilectos del mercado nacional, que podría estar pensando, como ya pensó con la crisis económica, en reconducir sus aspiraciones para apostar por áreas más cercanas. «El objetivo de ahora debería ser el de fidelizar clientes. No podemos olvidar que estamos frente a turistas prestados cuyo regreso en los próximos años dependerá en gran medida de la calidad de los servicios que se les ofrezcan», puntualiza el sindicalista.

Las previsiones para 2015 se apoyan en la excelente marcha de la industria, que en el ejercicio anterior se deshizo definitivamente de los condicionantes de la crisis para volver a crecer a un ritmo que, esta vez sí, no se olvida del empleo ni de la rentabilidad económica. En 2014, la Costa del Sol rompió su techo turístico al recibir a 10.194.000 clientes, que dejaron un impacto, directo o indirecto, de 10,8 millones de euros. Para analizar la subida, basta con atender a los números de hace sólo una década, situados, y pese al mejor clima financiero, en 8,5 millones de turistas, casi un 20 por ciento menos. El turismo vuelve a reinventarse. Y todavía con capacidad de mejora.

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